La alfombra roja del Met Gala vibró con Superfine: Tailoring Black Style, un tema que reivindica la sastrería como eje de las identidades negras, eco del ensayo Slaves to Fashion de Monica L. Miller. En el acervo de The
Metropolitan Museum of Art, de los retratos decimonónicos a los lienzos pop-barrocos de Kehinde Wiley, el traje a la medida siempre fue un statement, y la moda lo recordó.
Zendaya abrió juego con un smoking blanco de Louis Vuitton y un floppy hat —guiño a Diana Ross y a Le Smoking de YSL—, probando que el minimalismo puede ser maximal en actitud. Colman Domingo, en Valentino azul cobalto y capa oversize, homenajeó a André Leon Ta-lley y a Barkley Hendricks: hombros anchos, silueta excesiva, color que grita presencia. Menos atinada resultó la armadura cromada de cierto rapero: cosplay más que couture, sin diálogo con el tema.
Lo mejor de la noche: el fitting —hombro exacto, cintura marcada, caída perfecta—, que convirtió cada look en crónica de poder. Lo peor: quienes se refugiaron en el tux de catálo-go, olvidando que la gala es un laboratorio, no un coctel corporativo.
La edición 2025 se lee como un lienzo vivo: cada pespunte es un trazo, cada plancha un claroscuro. Si la exposición estudia la sastrería como arte, la escalinata la volvió performance.Y eso, darling, es couture con discurso.